Sí, estoy seriamente considerando el unirme a algún club de optimismo o similares. Y es que he intentado casi todo; dejé de oír a Aristegui en las mañanas, abandoné mi costumbre de leer el periódico de pe a pa diariamente, dejé de comprar el Proceso, y he evitado leer o comprar libros como “Los señores del narco”, ”Los demonios del Edén”, “Esclavas del poder”, “Marcial Maciel, historia de un criminal”, etc.
¿Por qué?, se preguntarán. Por la simple y llana razón de que no quiero tener problemas de bilis, por lo menos, antes de los 30 años. Pero tal parece que este deseo se ve más y más lejano; tal parece que tendría que estar sorda, ciega y muda para que no me afectara (y eso “entre comillas”) lo que día con día se vive en este país.
A veces pienso que soy en verdad ingenua, una especie de Don Quijote mexicano; y no es que me considere la mujer más inteligente, guapa, bondadosa, piadosa, etc. del mundo. Y que crea en que podemos estar todos juntos como hermanos (no soy YisusCraist)
No, sólo soy un ser humano respetuoso de mi alrededor, y eso es todo lo que yo exijo. Respeto; respeto al peatón, a los otros conductores, a la naturaleza (no tirar basura como si fuera composta), respeto a la institución de la paternidad y maternidad (no tener hijos como si fueran perritos), respeto a las mascotas (no patearlas, abandonarlas o matarlas), respeto a las leyes, respeto.
Pero cuando platico con otros sobre el tema o cuando tuiteo al respecto, sueno como si fuera la persona más amargada del universo. Y eso no me gusta… porque en serio, en serio: no soy amargada. Sí, soy algo irascible y perfeccionista, pero afortunadamente soy feliz con mi vida personal (amor, familia, amigos) y con lo que tengo. No obstante, sólo tengo que salir a las calles de esta caótica y cada vez más ajena ciudad, para darme cuenta que mi vida color de rosa (entre comillas ehhh) no lo es tanto. Y no lo será mientras haya bebés casi asfixiados en el metro, señoras con bastón a las que nadie les cede el asiento, hombres que no respetan los espacios exclusivos para mujeres, policías que chacotean en lugar de trabajar, microbuseros que obstruyen el paso peatonal, transporte público deficiente e ineficiente, gente con problemas graves de salud comiendo tacos afuera de los metros, coladeras sin tapa, carriles sin marcas, calles sin luz, y personas que viven al día y que temen subirse a una combi porque van 5 veces en un mes que las asaltan.
¿Me afecta todo eso? El observador simplón dirá que no; totaaaal! yo ni tengo hijos que se puedan asfixiar en el metro, ni soy una abuela que necesite el asiento, y qué tiene de malo meterse en el vagón de mujeres si hay huequitos, y totaaaal los polis siempre han sido y serán así, nada más hay que pasar con cuidadito y rápido para que no quedar aplastada entre dos microbuses, qué tiene de malo unos taquitos de cólera si ni me los voy a comer (ey! pero sí que me obstruyen el paso los puestos y las lonjas), nomás me hago a un ladito cuando vea la coladera destapada (si es que no caigo antes), ahí le voy calculando el carril y trato de no pegarme tanto, me echo a correr sobre Av. Reforma para que no aprovechen la obscuridad para asaltarme, y totaaaaaaaaal yo ni uso combis.
En fin… aún no encuentro el elixir de la indiferencia, y los que lo han bebido parece que guardan perfectamente el secreto tras una sonrisa vacua, una indolencia colosal y mucha esperanza en que las cosas van a mejorar… como por obra de magia… tal vez… algún día.

Si te gustan los deportes…